Como si la avenida Presidente Riesco fuera una barrera de contención, el cerro San Luis se mantiene protegido de la radical transformación experimentada por el barrio Isidora-El Golf. Esto no ha impedido, sin embargo, que el valioso abanico de estilos arquitectónicos que se forjó desde mediados del siglo XX, se renueve, adquiera un carácter atemporal y tiente a instalarse allí a quienes aún profesan el credo de la vida urbana.
Texto, Mireya Díaz Soto Fotografías, José Luis Rissetti
En el Norte Chico, algunos siglos atrás, los indígenas solían instalar sus asentamientos en las laderas de los cerros y dejar así el terreno plano para los cultivos. De toda lógica. En los años cuarenta, los habitantes de la cuenca de Santiago eran reacios a vivir en los cerros. Al parecer querían jardines planos, en los que una pelota no rodara por la pendiente.
En esa misma década, el italiano Olderigo Masini, dueño de la ladera sur del cerro San Luis, en Las Condes, apostó por romper la costumbre y vender los sitios que resultaron del loteo de sus dos hectáreas de terreno. Pese a que eran más baratos que en el vecino barrio El Golf, no fue furor, y el poblamiento se dio muy lento.
-En esa época no había en absoluto una tradición de vivienda en los cerros. La gente pensaba que allí era mucho más caro construir. Entonces se dio esa cosa tan extraña de que abajo había casas predominantemente estilo francés, de gente acomodada y muy tradicional, y acá arriba imagino que era gente también acomodada, pero que hizo puras cosas raras. Porque aquí compró gente rara, como arquitectos, por ejemplo, que son en general gente muy rara-, ironiza entre risas el arquitecto Horacio Schmidt. Vive con su mujer y sus hijos desde hace cinco años en una casa del 59 que ambos remodelaron a poco de regresar de Londres, de donde llegaron convencidos de que querían vivir, trabajar y llevar a sus niños al colegio, todo a distancias razonables.
Caminando por el cerro San Luis, Schmidt comenta la variedad de estilos que surgieron de los experimentos arquitectónicos de la época, donde todo era posible, adaptado a las condiciones de la pendiente: formas orgánicas, líneas modernas, uno que otro ejemplo francés, y varias muestras "wrightianas", que reflejan las soluciones que Frank Lloyd Wright daba a sus proyectos en zonas más o menos agrestes y fusionados con la naturaleza un poco a la fuerza. Todo está a la vista, como en un museo al aire libre: lo lindo y lo feo. Así también fachadas posteriores, como la casa inglesa de Juan Hurtado, el edificio provenzal de Francisco Rencoret y el imponente volumen de cinco pisos de hormigón contemporáneo de Juanito Yarur. A éstas se suman remodelaciones y nuevas construcciones -algunas con la firma de Mathias Klotz, Matías González y Alberto Rodríguez-Cano, otras en pleno estado de obras: "Es que este cerro está en un período de transformación. Su imagen luce más contemporánea y por lo tanto, más atemporal. Nadie se haría hoy una casa estilo francés aquí", opina Schmidt.
La renovación de este barrio en altura tiene a muchos como gato frente a la carnicería, esperando el (casi) milagro de la venta de una casa. Pese a que -se dice- algunas ya alcanzaron el millón de dólares, y la vista no es la misma de antaño, sino más bien a un bosque de edificios, algunos no tan queridos por los vecinos, como la incursión inmobiliaria de Abraham Senerman con su proyecto Parque San Luis, que da a la calle Luz. Porque éste, uno de los pocos sectores residenciales tranquilos que va quedando en pleno Santiago, tiene a dos cuadras un menú de restoranes, cafés, tiendas, oficinas, plazas, metro, calles para evitar tacos y la posibilidad de ahorrarse el gimnasio con sólo ir a comprar el pan al almacén de Augusto Leguía. "El año pasado sufrí un asalto feroz, pero así y todo no hay nada mejor que el cerro San Luis. Me fascina la vida urbana y acá puedo desde ir a misa, pasar a la librería y tomarme un café, hasta ver niños y sentir olor a flores, en medio de la ciudad", dice la decana de Educación de la Finis Terrae, Luz María Budge, quien llegó al cerro el año 98, y alcanzó a ver a sus hijos irse en bicicleta al colegio y a los amigos de éstos esperar en su casa a que sus padres los pasaran a buscar para llevárselos a La Dehesa.
Desde fines de los años sesenta, el arquitecto Mario Pérez de Arce Antoncich es testigo comprometido de los cambios del San Luis. Comprometido al punto que un día lo abatió una depresión cuando cayó en cuenta de que en menos de diez años, dejó de ver desde un balcón de su casa el horizonte y la Angostura de Paine, y que llegaron los ratones arrancando de tantas excavaciones del otro lado de Presidente Riesco. Entonces prefirió cerrar el balcón y convertirlo en comedor. Porque irse, simplemente no era una alternativa. Vive en una de las siete casas del conjunto que su papá, Mario Pérez de Arce Lavín, edificó el año 63. "La ventaja es estar en el equivalente a un séptimo piso, pero tocando tierra. Yo me asomo a una terraza y camino por un jardín con frutales, es la magia del cerro", dice mientras recuerda las firmas de otros arquitectos que figuran en el lugar. "Para la época, era un trabajo excepcional el que hacían", dice de Juan Galleguillos con sus formas sinuosas, el desafío estructural que Alberto Sartori desarrolló en la Casa Flor -cuya superficie tiene forma de hoja de plátano oriental, en volado-, la apuesta lecorbusiana de Ramón Méndez y la discreción de Carlos Alberto Cruz en una de sus obras en la cumbre.
A causa del plan regulador, en el cerro San Luis ya no se construyen edificios aterrazados, e incluso algunas de las casas que están en mal estado no pueden volver a edificarse con la misma cantidad de metros cuadrados. Todavía queda, eso sí, un par de terrenos baldíos. Horacio Schmidt puntualiza: "La gente se ha dado cuenta de que la periferia es una opción de vida, pero si uno puede establecerse en un barrio residencial y tranquilo, en medio de la ciudad, no veo por qué tendría que irse". |