"Tenía un papá que estaba muy arriba y, luego había toda una generación de socios. Si me quedaba ahí iba a tener que esperar mucho rato para alcanzar alguna posición. En realidad, experimenté la necesidad de independencia y decidí integrarme a la empresa constructora de mi hermano Sebastián", recuerda. Allí estuvo seis años, lidiando con maestros, vigilando obras, interpretando planos, comprado materiales y controlando que cada edificación quedara perfecta. Fue un tiempo de enorme aprendizaje, como él lo define, una gran escuela donde adquirió la experiencia que significa "parar" una casa o un edificio con todo su programa.
Apenas cumplió 30 años llegó otra crisis, una especie de saturación con la construcción, y en vez de aceptar el ofrecimiento de ser socio de la empresa de su hermano partió a la librería Arteknos a comprar reglas y escuadras para instalarse solo en su propia oficina de arquitecto. "Empecé como colaborador de Alemparte y Barreda y de Jaime Burgos, pero desde afuera, en mi propio espacio. Con ellos hice cosas importantes como el Park Hotel de Calama, un edificio en Los Dominicos y un hotel en Antofagasta. Y de repente me salieron cinco propuestas personales y emprendí vuelo propio", dice.
Desde entonces ha desarrollado un buen número de casas y edificios, tanto de oficinas como de vivienda, intentando siempre conseguir obras que respondan bien al terreno donde se emplazan, que sean gratas y den confort a quienes las habitan. "Y eso se encuentra en la lectura que haces del sitio, en cuanto a cómo entra el sol, a cómo son los vientos, porque a todos nos gusta estar frescos en verano y asoleados en invierno. Busco producir espacios gratos tanto en vistas como en temperatura, y después viene la forma. Esto es lo mismo que un auto, quien lo diseña sabe perfectamente cómo lo debe hacer para que quien se suba lo quiera comprar", acota.
Francisco es un hombre que disfruta enormemente el estar al aire libre y eso también se ve plasmado en sus construcciones, con grandes ventanales, patios interiores y muchas aperturas que permiten vistas y entradas de luz. "Todo lo hago pensando en estar adentro pero con la sensación de estar afuera", explica. Otra de sus obsesiones es trabajar los proyectos a modo de fachadas continuas, emplazando las obras bien en el límite del frente del sitio, con la idea de ganar un mayor jardín hacia atrás y de proporcionar un antejardín que se incorpore a la calle. "Con esto se logra entregarle también algo a la ciudad", comenta.
Cree en una arquitectura desprovista de decoración, sin estridencias y con mucha lógica para que perdure en el tiempo. "Ojalá que pase inadvertida, que se mimetice con el lugar de emplazamiento, que sea atemporal".
Sus plantas son casi siempre ortogonales, de líneas muy rectas y techos planos. "Por ahí me dijeron que el compás no era tan necesario", acota riendo. Y sus materiales predilectos, el hormigón, el vidrio y el fierro. "En ciertas obras, cuando lo ameritan, me gusta la búsqueda de la no perfección constructiva, en referencia a la cosa más artesanal, a lo que viene de la tierra", dice.
Por el momento se siente cómodo y feliz con lo que hace, pero su sueño es llegar a involucrarse en proyectos de alta complejidad. "Me gustaría lograr en la vida lo que ha logrado mi padre, en términos de desarrollar obras grandes. Fui testigo de cómo hizo el Hospital Fundación de Salud El Teniente, la Torre Santa María y el Hotel Sheraton San Cristóbal, entre muchos otros proyectos. Todavía no tengo la experiencia necesaria para eso, pero hacia allá voy". |